A mis 35 años, soy una persona que ha transitado por más caminos de la vida de los que talvés me correspondería. He elegido muy mal demasiadas veces, talvés mucho más de lo que normalmente debería errar alguien de mi todavía joven edad.
Pero no voy a detallar hoy aquello que ya forma parte de mi pasado, y que valgan verdades hicieron de mi una mejor persona (eso lo voy a dejar para otra publicación).
Mas bien, hoy voy a contarles una historia reciente y nueva, una historia que aún no tiene final. Y espero en verdad que no llegue a tenerlo jamás.
Todo empezó sin querer hace ya cerca de un año. Era una tarde como cualquier otra. Yo era un tipo más que se disponía a repetir la rutina diaria del camino de retorno a casa. Para esto, hacía ya un tiempo atrás que conocía a esta joven mujer. Siempre hubo algo en su forma de ser que llamó mi atención. Pero hasta esa tarde, nunca había pasado de ahí. Yo no buscaba nada. Mis heridas aún dolían por lo que no pasaban por mi cabeza ideas o sensaciones románticas serias. Y por otro lado, había perdido temporalmente la esperanza de que alguna mujer buena y dulce pudiese fijarse en mi.
Recuerdo haberme sorprendido gratamente esa tarde-noche. - ¿Que es eso ...? - le pregunté. - Es una bebida a base de maracuyá y pisco - me explicó ella. Resulta que a ella le había provocado beber un "Maracuyá Sour". Y cuando lo mencionó captó rápidamente mi atención ya que hasta ese momento no había escuchado hablar de esa bebida. - ¿Y donde sirven ese trago, que parece tan interesantemente cítrico? - me parece que le pregunté (en verdad no recuerdo la pregunta exacta) - Bueno, yo lo he probado en un restaurant llamado Oceanika
- ¿Oceanika? - pregunté
- Si, Oceanika. Queda por San Borja. Sirven ahí un rico sushi también ...
- Oye, que interesante. La verdad es que has tentado a mi curiosidad ... ¿tienes algo que hacer ahora?
- No ... ¿por ... ?
- Que te parece si vamos tomar un par de esos maracuyá sour, yo te invito. ¡Ya me provocó!. De paso que comemos algo, conversamos y la pasamos tranqui ... ¿que dices? ...
- Bueno ... hmmm ... si ... por qué no ... - me respondió ella.
Y así es que nos fuimos, como quien no quiere la cosa, a Oceanika. Mientras manejaba, empecé a sentir algo muy agradable y cálido en la presencia de esta mujer. Algo que no podía explicar. Recuerdo que me dije a mi mismo ... "déjate de idioteces, ... no seas paranoico ...". Pero esa sensación se mantuvo aún durante nuestra charla y sabrosa degustación de rolls "acevichados" y de "lomo saltado" acompañados del recién descubierto y sabroso maracuyá sour (¡ella se tomó dos, yo solo uno porque tenía que manejar!). Por primera vez en tantos, pero tantos años, yo que soy un aburrido (y digo aburrido en el sentido de que me aburro con una rapidez que a mi mismo me preocupa a veces) no quería que esa velada terminara. Hubo algo en esa ironía que tan bien maneja ella, en su perspicacia y en su inteligencia, que hacía que yo me quedara como medio embobado por ratos. Y no podía dejar de divertirme con sus ojitos burlones y su arqueada de cejas cuando a mi se me ocurría alguna tontería.
Pasaron cerca de tres horas en esa mesa del mezzanine de Oceanika. Y lo más interesante de todo esto, es que ella parecía estarla pasando bien conmigo también. Camino a su casa, me acompañó la misma sensación agradable al estar a su lado. Me dije a mi mismo que tenía que volver a buscarla. Ni hace tres horas, ni a la hora del almuerzo de ese día, ni al levantarme siquiera, cruzó por mi cabeza que ese día terminaría tan bien; ni mucho menos que lo terminaría en compañía de ella.
Pasaron varias semanas antes de que nos volviéramos a ver. Me costó varias horas estar frente al teléfono, pensando en como diablos hablarle. Me acosaba algo parecido al pánico escénico cuando el dedo se acercaba para marcar su número ("no seas idiota, que te pasa ... " me martilleaba el cerebro). Bueno, al final no llamé. Solo atiné a enviarle un simple e impersonal mensaje de texto, pidiéndole que, de ser posible y su agenda no se complicaba, me acompañara a alguna parte ese día (¡soy todo un galanazo, que duda cabe, mandar un mensaje de texto ... por el amor de Dios !). Era un Sábado por la mañana. Y en verdad, mientras terminaba mi apoteósico desayuno en La Baguette de Plaza San Miguel, esperaba que no me respondiera. Que me ignorara. Si así hubiese pasado, probablemente no la hubiera vuelto a buscar nunca más. Pero si me respondió ... (me atraganté con el café). Por qué tanta formalidad en el mensaje. Por qué no mejor nos encontramos para tomar un café por la tarde ... - me respondió ella.
Esa tarde empezó en un café de Miraflores. Bebimos de manera podría decirse experimental, una especie de vino caliente, sumamente agradable. Conversamos de todo. Luego nos fuimos a pasear por las calles de Miraflores, por el parque Kennedy, dimos una vuelta a la feria de la rotonda. Cuando sentía que Miraflores se me terminaba, y no sin antes armarme secretamente de valor, le hice una invitación para ir al cine. Como el cine Pacífico no nos convenció mucho, decidimos ir a Larcomar. Comimos helados mientras esperábamos la función. Y conversamos de todo. Después de la función, fuimos a comer algo al Chillis. Y seguimos conversando de todo. Prácticamente tuvieron que echarnos del local (se nos pasó tanto el tiempo, que no nos dimos cuenta de que ya no había clientes en el local, las sillas estaban sobre las mesas, y los mozos estaban con ropa de calle listos para irse).
La pasamos tan bien. Me sentí tan bien. Me di cuenta de que ella era alguien sumamente especial, y de que si no tenía yo el suficiente cuidado, podría acabar enamorándome de ella. ¡Yo enamorándome, por Dios!.
Y así ha ido pasando el año, encontrándonos para pasar tiempo juntos. ¡Que hermosos Sábados se han sucedido desde entonces!.
A pesar de todo lo que he vivido, nunca antes había extrañado ver y conversar con alguien, como me sucede con ella. No recuerdo desde hace cuanto tiempo es que no he sentido el temor de perder a alguien, alquien en quien puedo confiar, de cuya presencia puedo disfrutar. Y lo más importante de todo: que como nunca lo busqué, nunca tuve que fingir nada. Simplemente me dí a conocer tal como soy, con mis taras y defectos, con lo malo y lo bueno que tengo, con el pasado que cargo a cuestas; y con todo eso, nunca me he sentido juzgado, por el contrario, me he sentido acogido. Y mejor aún es sentir que ella disfruta de mi compañía tanto como yo disfruto de la suya.
No soy amo del futuro, ni manejo las artes de la predicción esotérica. No se que va a pasar. Solo se que espero contento que lleguen esos momentos en los que nos encontramos. ¡Estoy ansioso por empezar nuestras clases de ajedrez ... (y estoy casi seguro de que si jugamos Damas, ella me va a ganar, jaaa)!. Solo se que quiero luchar para no perderla, para que la carga de mis errores previos no la alejen de mi. No me importa cuanto tenga que esperar si al final existe la hermosa posibilidad de que ella se enamore de mi, de que me deje abrazarla y besarla de manera inagotable (ojalá ella me ayude a darme cuenta cuando ese momento llegue, porque no quiero lastimarla con alguna de mis torpezas). Para mi son ya tesoros todos esos momentos de cháchara intensa e interminable (porque para chismosos, jajaja, no nos gana nadie) que terminamos porque ya está por amancer y nos caemos de sueño los dos; todos nuestros paseos, la larga jornada en la carretera escuchando a Sabina y a Les Luthiers riendo, estando juntos.
Esta historia continua, y por tanto esta entrada en el blog puede considerarse como inconclusa, para dicha y alegría mía.
¡Yo enamorándome, por Dios ... que sí!
Hasta la próxima entrega.
lunes, 3 de octubre de 2011
lunes, 1 de agosto de 2011
Abriendo las puertas. Bienvenidos a mi blog.
En una tarde gris de Setiembre, allá por 1993; en uno de los fríos pasillos de la Universidad Católica (ya no me acuerdo cual, es más, me atrevería a decir que aquel ya no existe más); me atreví a emprender la aventura de escribir. Y es que no encontré mejor manera de expresar esos complejos pensamientos que se exacerbaban ante las intensas emociones que me invadían: a los 16 años me enamoraba de manera conciente por primera vez. Mis primeros manuscritos fueron destruidos por mí mismo en un arranque de ira y frustración acaecido en Mayo de 1994. Sin embargo, las primeras transcripciones que hice utilizando mi vieja máquina de escribir "brother" (y es que en esa época las computadoras personales todavía eran un gadget esotérico de los adinerados. Mi vieja máquina "brother" adquirida con mucho esfuerzo por mis padres, tenía retorno de carro automático, ¡¡toda una marivilla ese botoncito rojo!!) sobrevieron en las gavetas de mi querida madre, que en paz descanse ahora. Y ahí están todavía. Hace unos años los recopilé y los transcribí, pero esta vez utilzando un poderoso Pentium y el Ms Word.
Inauguro mi blog con uno de aquellos arranques de verborrea escrita que deseo compartir con aquellos que valerosamente quieran leerme. Sinceramente, no espero, pretendo ni deseo que les guste. Solo quiero abrir mis puertas y dar a conocer una dimensión de mi persona que ha permanecido oculta hasta ahora.
Gracias, Claudy Valdivia, por ese indirecto y jamás pensado empujoncito. Felicito que escribas. No dejes nunca de hacerlo.
LUNA I
Luna de mis versos,
que te escondes en la noche
tras un velado cielo de lejanía.
Luna de mis versos
que asomas por la tarde
leve y huidiza,
que sonríes al crepúsculo
que besas al sol
justo cuando este se marcha.
Luna de mis versos
que temes cauta
a las formas del menguante,
luna nueva: precavida,
luna llena, totalmente bella.
Luna de mis versos
que extraño tanto
justo al meridiano.
Te persigo como un demente
al amanecer,
pero siempre huyes
junto con mis sueños.
Te persigo al caer la tarde
pero siempre te escapas
oculta en una sonrisa,
besándome justo
cuando el horizonte me devora
y tengo que sin remedio
huir.
Luna de mis versos
indefinición perfecta,
contradicción infinita,
mujer preciosa,
tú.
Luna de mis versos
ya eres parte del poema,
y sea que lo hayas querido o no,
le has dado una razón al sol.
Luna de mis versos
ya eres parte del poema.
Luna mía,
has conquistado al autor.
FIN, escrito alguna madrugada de 2006, en la ciudad de Chincha.
FIN
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